
Más de una vez me preguntaron por qué dejé de tocar en conciertos y por qué me niego a tocar en serio frente a otras personas (fuera de mi familia y mis profesoras, claro). Entre las frases de Murakami y mis recuerdos me dieron una respuesta muy clara: porque no soy capaz de transmitir nada. Puede sonar trivial, pero no lo es. La técnica la puede tener cualquiera, se adquiere simplemente con práctica constante, en especial para alguien que aprendió a escribir el acorde de do mayor antes de poder escribir su nombre; pero la interpretación, revivir la pieza y convertirla en algo vivo... eso no lo hace cualquiera. Eso no adquiere sólo con la práctica. Eso es innato, es natural, es algo que te quema por dentro.
Una de mis profesoras me ha escuchado tocar desde que era un pequeño retoño, cuando me preparó para un examen hace unos años me dio la clave: tengo todo el potencial, pero por algún motivo no lo exploto. Toda esa música, toda esa capacidad interpretativa, toda esa musicalidad está dentro mío pero hay algo, algo que todavía no puedo explicar, que me impide expresarlo. El año pasado mi otra profesora también me lo dijo: estoy tocando fría y maquinalmente; toco lo que está escrito, pero nada más. Una vez casi me reprueban en un examen por esto, a pesar de que no tuve ni un sólo error.
El piano absorbe mucho de mí. Hubo una época en la que al terminar de tocar mi sonata quedaba destruida, agotada, sudando; como si hubiera llegado al fin de la maratón más importante de mi vida. Pero mi gran defecto era lo peor: aunque hubiera dado todo mí, poniendo todo mi sentimiento, mi emoción, tocando hasta el éxtasis y las lágrimas, para la gente era sólo una sonata más - y ni siquiera una muy emotiva. Por eso no dejo que la gente me escuche: el piano es un agujero negro que absorbe todo de mí, pero no lo deja salir hacia afuera. O tal vez soy yo, que pongo esta barrera invisible que no deja que el resto vea lo que realmente soy, pero a través del sonido.

